jueves, 16 de mayo de 2013

Pastora del camarín del cielo




Para un escritor, lo sabéis, decir “cantillanero” es decir “pastoreño”. En muchos sitios de España si se pregunta: ¿de dónde es usted? Y se dice: “soy pastoreño”, se presiente, se localiza y se sabe que es de Cantillana. El pregón va a acercarse entonces a la Pastora. Y tiene que oírlo por dentro, porque ¿qué es la Pastora? Ya se sabe –sí– que es una advocación preciosa de la Virgen. Toda la teología salvífica, todo cuanto lleva a Dios, tiene siempre una emocionante presencia bucólica y pastoral. Es como si Dios hubiera creado, como necesariamente cruzable, atravesable, un camino para la vida eterna que va y atraviesa por la vía bucólica o eglógica o pastoral. El Papa es el Supremo Pastor. La obediencia es un dulce pastoreo dirigido. Lo más bello de la oración es el fruto de obediencia. Ovejas y corderos símbolos son de esa obediencia. Aquí, en Cantillana, Claudio de Trigueros fundó el “Redil Eucarístico”. Se va entrando en el nombre de la Pastora, incluso por todas sus orillas, porque de la palabra Pastora o pastoral, está llena la tierra. Pastor el Prelado, pastor el cura, pastor con el cayado de la palabra y el ejemplo sobre la cerviz del hombre. Habéis tendido al mundo un gigante abrazo consolador y místico con un nombre que se repite continuamente por la tierra y en la cultura. Hubo en el XIX un embajador alemán que se llamó Pastor y fue ante la Santa Sede enviado de su país, y espiritualmente de la Europa cristiana. Su “Historia de los Papas” es fundamentalmente, básica en el conocimiento de la estirpe pontificia. Eso, por ejemplo, en la vía diplomática. Pero, ¿y en la poesía? Hubo un Pastor que fue llamado “Príncipe del Romanticismo”. Pero, ¿y en la santidad? Hay un San Pastor muerto, de niño, en trance de martirio. De niño, es decir, como ese leve y rosado Pastorcico del Camarín de la Pastora, tan gracioso y tan angélico bajo su pellica blanca. Pero, ¿y en la pintura? Hay un lienzo de Dawis que es una bellísima apología del pastorismo. En él, los mismos colores que rodean la Pastora: tornasoles de los celestes, del blanco lanero, del amarillo, del verde montaraz, de campo, de hojita de árbol temblando en la amanecida. Pero, ¿y en la lengua Castellana? Porque hay un verbo evangélico: “pastorear”. Y decía San Juan de la Cruz: “A las aves ligeras,/ montes, valles, riveras,/ aguas, aires, ardores…”. ¿Y en la botánica? Hay una planta que se llama así, “Pastora”. ¿Y en la Hispanidad? Un lago de la Alvear argentina se llama Pastora, y una villa Mejicana en San Luis de Potosí se llama Pastora, y una mina de plata, en el Perú, se llama “Pastora”, como la Pastora de Cantillana. Wateau pintó la danza de su Primavera de modo que parecía pintada como en la Alameda, o en los alrededores del Llano, paseando bajo la luz poniente. Así está en el Camarín, en esa a modo de sala de estar, de vivir, que tiene al mismo tiempo algo de casa, de terraza, de campo, de jardín pequeñito. Ya sabéis, ¿para qué repetir lo que vosotros mismos conocéis desde hace tiempo por fe y por devoción? Recién nacido el XVIII, en la Natividad de la Virgen de mil setecientos tres, es decir, tronando en España el huracán de la Guerra de Sucesión, había en Sevilla, en su casa de Capuchinos, un fraile, Isidoro, que vio a la Virgen en una aparición maravillosa. La vio sobre un montecillo, lo que aquí llamaríais “el Risco”. Llamó a un pintor, Miguel Alonso de Tovar, y le dijo: “Mira, Miguel. He visto a la Virgen. Quiero que la pintes como la han visto mis ojos”. Y le contó que se le había aparecido llena de hermosura, sobre una peña, sobre un risco, rodeada de ovejas, ovejas que le iban llevando rosas en la boca. Fray Isidoro abriría luego los mayores ámbitos a la devoción pastoral. Y fundo aquí. Ya lo sabéis. Luego, Roma dispuso las reglas. Y a Pío VI, trescientos Obispos le pedirían que alzara Fiesta Litúrgica la fiesta de la Pastora. Y Roma dijo sí. Y la Pastora, ya con casa en Cantillana, saltó océanos y tierras, y emprendió las Américas, y rodeó, como una especie de paralelo del Ave María, al mundo abrazándolo. Felipe V, pastoreño. Fernando VII también. El “pastoreñismo” lo cubrió y abanderó todo del Pueblo al trono a través de toda la emoción de la vida de España. Pueblo, cortes, tronos, coronas, cetros, campo, dolor, gozo, muerte, vida y ahí está en el Camarín. Y está y así quiero yo cantarla. Luego iremos a los cultos, al Redil, al Risco, a la Procesión, a la Romería… Sí, pero vamos sin demasiada prisa, porque es pura gloria de verdad, hablar de la Pastora: ¿qué son nuestras madres sino pastoras de nuestra fragilidad? ¿Qué son las novias del mundo sino pastoras de la ilusión? ¿Qué son nuestras mujeres sino pastoras de toda mitigación, en todo dolor y pena y compañía? Ahí está en el Camarín. “Yo doy a mis ovejas la vida eterna” dice arriba. Finura del almendro, rozándose en la embriaguez de la pureza y la flor. Almendro color de inocencia. En flor, –¿lila o rosa? – que se enreda en la corona de estrellas. Una mano de la Pastora acaricia una oveja que entorna mansamente los ojos, como cuando nos acaricia el estado de gracia. A la otra mano, el báculo, a cuyo centro se abraza, sabéis, como no queriéndolo dejar, un ramo de flores. Brillan en oídos, cuello y muñeca las joyas de la familia Solís. A los pies de la Pastora, el Pastorcillo, bajo esa pellica, el cayadillo leve, el báculo aprendiz, a la mano soñando con que le procesionen los niños cantillaneros. Abajo, las ovejas, fieles como las criaturas sobrenaturalizadas. ¡Qué bien ha pintado, al fondo, José María Labrador, el paisaje, la Iglesia, el pueblo, las casas! A la puerta, la cerámica trianera de Rejanos, con su pareja de fustes salomónicos, con su texto oferente y con su alfarería mariana. Allí está. La cara morenita leve, casi rosa, de morena en trance, tan campera, venturosamente madre. ¡Qué sol la cubre! ¡Y qué maná de rumores alimenta su desvelo pastoril! Pastora, sí. Y entonces la palabra del pregonero, purificándose en jazmín y nardo, va a decirle por cantillanera y por pastoreña:


¿De qué está llena, Pastora,
la alameda de tu frente?
¿De que misteriosa fuente
te viene el rumor, Señora,
con que se hace sonora
tu hermosura pastorera?
Dímelo Tú, de manera
que cuando yo se lo diga
a tu pueblo, me bendiga
la gente cantillanera.
Dímelo, Pastora, aquí.
Al pie de tu monte leve,
no sé si de rosa o nieve.
Dímelo, Pastora, a mí.
¿De dónde te viene, di,
gracia de tanta finura?
¿De dónde tanta blancura,
Pastora Divina, mana,
que tienes a Cantillana
cegada por tu hermosura?
Dímelo. Que yo después
saldré a tu pueblo cantando
tu secreto, y pregonando,
que de tu frente a tus pies
corre un secreto que es
secreto a voces, María,
porque toda la alegría
de tu gracia pastoreña,
no es más que el cielo que sueña
dentro de tu mediodía.
Dentro de tu mediodía,
cielo que está ensimismado.
Así que Dios se ha quedado
soñando en tu angelería.
Y como Tú, Madre mía,
eres el cielo bendito,
lo que en tu nombre está escrito,
es que contigo, Pastora,
se está, soñando, en la aurora
que lleva al sol infinito.
Dánoslo, Pastora, así.
En tu Camarín de flores.
Dáselo a los soñadores
que te están soñando a Ti.
Pastora. Dinos que sí.
Que por el celeste vuelo
de tu nombre terciopelo,
cuando se acabe la muerte,
¡podrá Cantillana verte
en tu Camarín del cielo!


Francisco Montero Galvache
Fragmento del pregón del CCL aniversario fundacional, 1970.

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